
De los camiones jaula al Estadio Centenario: la increíble aventura de Fabián Petraccaro
Por Carlos Graziolo En ‘Ficha Técnica’, el...
Por Carlos Graziolo
En ‘Ficha Técnica’, el programa de Supernova 97.9 que explora el perfil humano del deporte, el exdelantero revivió su sacrificado camino, su insólito debut en Nacional de Montevideo y su próximo desafío en Ecuador. En el fútbol actual, las comodidades de las divisiones inferiores parecen la norma, pero el camino de Néstor Fabián Petraccaro se forjó a base de puro sacrificio rioplatense. El pibe que jugaba con los amigos del barrio (Fabio Brance, Paoltroni, Ignacio Lisazo, Pardavilla) pasó por las inferiores de San Agustín y luego dio el salto a Ferro Carril Oeste.
La vida en Buenos Aires estuvo lejos de ser un cuento de hadas. “La vida en la pensión era dura, lejos de la familia y con muchas dificultades económicas; viajaba a dedo y a veces en camiones jaula para poder entrenar. Sufrí mucho ese proceso, aunque formé buenos grupos y disfruté el fútbol local”, recuerda hoy a sus 60 años, instalado de nuevo en Nueve de Julio. Tras quedar libre en Ferro, regresó a su club de origen para ser campeón, sin saber que el destino le tenía preparada una sorpresa mayúscula del otro lado del charco.
Tres goles y un contrato express en Uruguay
Su llegada al Club Nacional de Fútbol en 1986 fue de una forma insólita. Gracias a la gestión de Jaime Seiferd, cruzó a Montevideo pensando que rendiría una prueba para las divisiones juveniles. Sin embargo, lo metieron directamente a la cancha con el plantel principal de Primera División. Metió tres goles en la práctica y se ganó el contrato de inmediato. “Tuve la suerte de quedar e inmediatamente entrenar y jugar en primera”, relata con una sonrisa.
Equipo de Nacional (1986) Parados: Ostolaza, Villazán. Alles, Aguiar, Cardaccio y Barrios /
Abajo: Silvera, Pintos Saldanha, Olivera, Petraccaro y Carrasco.
Su debut oficial llegó el domingo 26 de octubre de 1986 en el mítico Estadio Centenario. Nacional venció 3-1 a Huracán Buceo, y ese pibe de melena rubia y larga terminó compartiendo delantera con figuras icónicas como Mauricio Silvera y Juan Ramón Carrasco. El ambiente del fútbol uruguayo era un territorio hostil para un joven extranjero: “El ambiente era duro, especialmente siendo argentino, te trataban mal en la cancha”. A pesar de la presión, Petraccaro se refugió en el apoyo de los referentes: “Para mí jugar era diversión y me esforzaba por mejorar cada día. Había compañeros de personalidad fuerte que te defendían y te hacían sentir más grande, Juan Ramón Carrasco entre ellos”.
Según los registros del Portal Atilio Software, disputó 11 partidos oficiales y amistosos. Su «gol sagrado» —el único oficial— se lo anotó a Progreso en un empate 1-1 en el Centenario. Le tocó vivir el polémico «Campeonato Uruguayo de 1986», un torneo marcado por disputas dirigenciales y una final increíble que Nacional perdió ante Peñarol por un pacto previo de puntos. Su nivel llamó la atención del clásico rival. “Me quisieron equipos importantes como Peñarol, pero no me dieron el pase en San Agustín; tengo todo guardado”, confiesa.
El desafío de la altura y el «estilo Caniggia»
La juventud traía también las tentaciones de la bohemia nocturna, algo que Fabián reconoce con total honestidad: “De joven como jugador, salía mucho y a veces no dormía antes de entrenar, aunque nunca fumé. En esa época yo era medio plaga y no me daba cuenta. A veces no sabés manejar eso”. A pesar de las trasnochadas, su rendimiento físico en la cancha era incansable gracias a la exigencia de la época: “Los entrenamientos eran duros, con chalecos de plomo y ejercicios exigentes”.
“Fui un delantero rápido y atrevido, tipo Caniggia, que complicaba a los defensores con diagonales y velocidad. Siempre me preocupé mucho por entrenar y estar entre los mejores. Fui respetuoso y amigable con los rivales, aunque me divertía sacándolos de quicio en la cancha”, se autodefine el atacante.
Tras su etapa en Uruguay, los contactos del famoso representante Paco Casal lo llevaron al fútbol ecuatoriano en 1991. Su primera parada fue el Club Deportivo Macará de Ambato, compartiendo plantel con los argentinos Ariel Medry y Carlos Ruiz. Luego pasó al Centro Deportivo Olmedo de Riobamba. Ambos destinos compartían un enemigo invisible: la altura de Los Andes, a más de 2.500 metros sobre el nivel del mar. “La altura era insoportable, costaba mucho adaptarse y te sentías sin aire ni fuerza; lleva meses acostumbrarse”, explica. En Ecuador se ganó el respeto absoluto por su entrega diaria, su look icónico y su capacidad para fajarse con los rústicos defensores centrales de la Primera A.
Tarjetas, docencia y un boleto de regreso a Ecuador
Al colgar los botines, Petraccaro sorprendió a todos al volcarse hacia el arbitraje, una faceta que encaró con la misma filosofía de vida: “Fui árbitro porque me gustaba enseñar, no por dinero; siempre prioricé divertirme y hacer divertir a otros. No me arrepiento de nada de mi carrera, ni como jugador ni como árbitro”.
Hoy, casado y con un hijo, mira el fútbol local de Nueve de Julio con ojo crítico y deseos de ayudar: “Aconsejo a los jóvenes aprovechar las oportunidades, pero veo que falta dedicación y buenos formadores en Nueve de Julio; hay talento, pero no lo ayudan ni lo potencian. Me encanta trabajar con gente humilde, porque los mejores jugadores salen de ahí y a ellos les daría fútbol gratis. En las inferiores hay muchas historias de sacrificio y carencias”.
El espíritu nómada y el amor por la pelota siguen intactos. Fabián ya se recibió de director técnico en Buenos Aires y prepara las valijas para volver a las tierras ecuatorianas donde dejó una huella: “Tengo contactos allá, incluso ex compañeros que ahora son alcaldes y me proponen proyectos relacionados con el fútbol. Mi objetivo no es hacer dinero, sino disfrutar y estar bien. Quiero volver a Ecuador para formar chicos y transmitir mi experiencia, preferiblemente con mi propia escuela para tener independencia”.
Aunque el físico ya no es el mismo y se tienta a tirar caños en los partidos Senior, Petraccaro tiene claro que lo mejor que le dejó el fútbol no son los trofeos, sino el camino recorrido: “Me gusta viajar por tierra porque tengo amigos en muchos lugares y disfruto conocer gente. Para mí, lo importante son las relaciones humanas”.