
Dos relojes que no marcan la misma hora
Por Javier Pappalardo Hubo una semana en la que el Gobierno tuvo motivos para sonre...
Por Javier Pappalardo
Hubo una semana en la que el Gobierno tuvo motivos para sonreír y otra, paralela, en la que millones de argentinos siguieron mirando el ticket del supermercado con desconfianza. Las dos transcurrieron al mismo tiempo y en el mismo país. La distancia entre ambas —entre la estadística que ordena y el bolsillo que todavía no afloja— es, otra vez, el verdadero termómetro de la marcha económica.
Por el lado del cuadro de situación que exhibe la Casa Rosada, los números acompañaron. El Banco Central encadenó una racha compradora prácticamente ininterrumpida desde el arranque del año, acumuló más de 9.600 millones de dólares y llevó las reservas brutas por encima de los 48.000 millones, el nivel más alto desde 2019. A eso se sumó el desembolso de 1.000 millones de dólares del Fondo Monetario, habilitado tras aprobarse la segunda revisión del programa. El dólar mayorista se mantuvo planchado y lejos del techo de la banda, y el ministro de Economía anticipó para mayo una inflación más baja que la de abril, con expectativas que, según su lectura, ya están ancladas. El dato de actividad de marzo —una suba interanual del 5,5%— completó el argumento oficial: la economía, dicen, está saliendo.
Es un relato consistente y, en buena parte, respaldado por la estadística. Pero conviene leerlo con la otra columna del balance abierta sobre el mismo escritorio.
Porque la inflación acumulada del primer cuatrimestre rondó el 12,3%, una cifra que ya superó la meta que el propio Gobierno se había fijado para todo el año. Porque el consumo minorista hilvana más de once meses en terreno negativo y más de 24.000 empresas bajaron la persiana desde fines de 2023. Porque los salarios formales volvieron a correr detrás de los precios y el empleo privado registrado acumula varios meses consecutivos de destrucción, a los que se suman las decenas de miles de puestos recortados en el Estado. La actividad crece, sí, pero traccionada por el campo, la minería y los hidrocarburos; la industria y el comercio, los sectores que dan trabajo masivo y sostienen el mercado interno, siguen rezagados. Hay quien lo llamó, con acierto, una economía de dos velocidades: ordenada en la macro, golpeada en la micro.
La advertencia más incómoda, además, no vino de la oposición sino del propio organismo que avaló el rumbo. Al respaldar el programa, el Fondo encendió una luz amarilla sobre el bajo nivel de reservas líquidas y los riesgos que eso implica para la capacidad de pago, en especial frente a la volatilidad que suele traer un calendario electoral. Es la clase de matiz que conviene no perder de vista cuando el oficialismo presenta la acumulación de divisas como una victoria sin asteriscos.
A ese cuadro económico se le agregó esta semana un capítulo institucional que merece atención, sobre todo por sus efectos sobre el mundo del trabajo. La Justicia dejó sin efecto la medida cautelar que mantenía suspendidos más de ochenta artículos de la reforma laboral, devolviéndoles plena vigencia. El fallo no resolvió el fondo —no declaró constitucional ni inconstitucional la norma—, sino que entendió que sostener una suspensión tan amplia equivalía a adelantar opinión sobre una ley sancionada por el Congreso. La central obrera ya anticipó que recusará y evalúa llevar el caso a la Corte Suprema. Es decir: la modernización laboral rige hoy, pero su suerte definitiva todavía se dirime en los tribunales. Para empresas y trabajadores, esa provisoriedad es, en sí misma, una forma de incertidumbre.
Conviene entonces no quedarse con una sola foto. El Gobierno mostró esta semana una macroeconomía que, en sus propios términos, funciona: reservas en alza, dólar quieto, inflación en desaceleración, actividad que rebota. Sus críticos mostraron una economía real que todavía no llega a la mesa de la mayoría: consumo deprimido, salarios atrasados, empleo en retroceso y un humor social que la desaprobación, hoy en su punto más alto del mandato, expresa sin demasiada ambigüedad.
El ministro lo resumió a su manera cuando sostuvo que el año próximo «la economía se va a llevar puesta a la política» y que la reelección está al alcance. Es una apuesta. Su validez dependerá de algo más difícil que comprar dólares o anclar expectativas: que el descenso de la inflación deje de ser un número en un informe y empiece a sentirse, finalmente, en el ingreso de quienes lo esperan. Hasta que eso ocurra, los dos relojes seguirán marcando horas distintas. Y la economía argentina, una vez más, seguirá siendo dos países a la vez.
Fuente: https://www.semanarioextra.com.ar/dos-relojes-que-no-marcan-la-misma-hora/