
La economía de los dos países
Por Javier Pappalardo Basta caminar una tarde cualquiera por las calles céntricas de N...
Por Javier Pappalardo
Basta caminar una tarde cualquiera por las calles céntricas de Nueve de Julio para advertir lo que los grandes números de la macroeconomía todavía no terminan de contar. Los comercios están vacíos. Las vidrieras se renuevan, los carteles de ofertas y cuotas se multiplican, pero la gente no entra. Los propios comerciantes lo dicen sin rodeos: se vende menos, se cobra peor, y cada mes cuesta más sostener la persiana levantada. Lo que se percibe en las veredas de nuestra ciudad no es una sensación: es el reflejo fiel de una economía que crece en los papeles y duele en los bolsillos.
Esta semana se conocieron los datos del Producto Bruto Interno del primer trimestre de 2026. La economía creció un 2,3% interanual y un 0,7% respecto al trimestre anterior, por encima de lo que esperaban los analistas. El ministro Caputo celebró en redes sociales. El Presidente felicitó a su equipo. Los titulares hablaron de un rebote que superó las previsiones. Pero cuando uno mira qué sectores empujaron ese crecimiento, la película cambia: el agro, la pesca, la minería y la intermediación financiera hicieron el trabajo pesado. La industria manufacturera, en cambio, cayó un 1,7%. El comercio minorista retrocedió un 0,3%. Los motores que mueven la economía cotidiana de la gente —la fábrica que contrata, el negocio que vende, el taller que repara— siguen funcionando a media máquina.
Y acá aparece el dato más inquietante de la semana: la morosidad bancaria de las familias argentinas alcanzó el 12,1% en abril, según reportes del Banco Central. Es el nivel más alto en veinte años. Un año atrás, ese indicador estaba en 3,7%. Se triplicó en doce meses. Casi una de cada cuatro personas endeudadas tiene problemas para cancelar su crédito. Entre los jóvenes menores de 25 años, la irregularidad ronda el 40%. Las familias se endeudaron durante 2025 para sostener el consumo, tomaron un aguinaldo prestado, y ahora no pueden pagar. Las tasas de los préstamos personales siguen altísimas en términos reales, y la baja de la tasa de política monetaria no se trasladó al crédito al consumo. Eso explica, en buena medida, por qué las calles comerciales de ciudades como la nuestra lucen más despejadas de lo que cualquier optimista quisiera admitir.
El empleo completó el cuadro. El INDEC publicó esta semana que la desocupación fue de 7,8% en el primer trimestre. A primera vista parece estable, apenas una décima menos que hace un año. Pero la estabilidad es engañosa. La informalidad laboral trepó al 44,2%, el registro más alto desde que se mide este indicador. En un año, el empleo formal perdió más de 32 mil puestos registrados mientras el sector informal absorbió más de 400 mil trabajadores. Dicho de otro modo: la gente no está desocupada porque se refugia en la changa, en el cuentapropismo de subsistencia, en el trabajo sin aportes ni cobertura social. El desempleo juvenil ronda el 15%. Desde que asumió Milei, según datos del CEPA, se destruyeron 515 mil puestos formales y cerraron más de 26 mil empresas. Para el que camina por Nueve de Julio y ve locales con menos movimiento que un feriado largo, estos números no son abstractos: son la explicación de lo que percibe con sus propios ojos.
La inflación, hay que decirlo, sigue bajando. Mayo cerró en 2,1% mensual y las consultoras proyectan que en junio perfore el 2%, acercándose al 1,9%. Es un logro que no puede negarse. Sin embargo, la inflación acumulada del año ya llega al 14,7%, y la interanual se ubica en el 33%. El FMI proyecta un 25% para todo 2026, pero para alcanzar esa meta la inflación mensual debería promediar menos de 1,3% de acá a diciembre. Difícil, aunque no imposible. El dólar oficial cerró la semana en $1.495 en el Banco Nación, el blue en $1.520 y el CCL en $1.552. Los analistas del Relevamiento de Expectativas del Mercado proyectan un tipo de cambio de $1.658 para fin de año, una suba del 14% que quedaría por debajo de la inflación. Atraso cambiario que ya conocemos, con las consecuencias que ya conocemos.
En el frente financiero internacional, la semana trajo un baldazo de agua fría. MSCI, el índice que determina cómo clasifican los inversores globales a cada mercado, mantuvo a la Argentina como mercado aislado, la categoría más baja. No abrió siquiera una consulta para evaluar una reclasificación. Los analistas estiman que la ventana más optimista para un ascenso recién aparece hacia 2028. El cepo corporativo sigue siendo la barrera principal. Es paradójico: el Gobierno celebra haber recibido del FMI un desembolso de mil millones de dólares tras aprobar la segunda revisión del acuerdo, pero Argentina sigue siendo el mayor deudor del Fondo con 57 mil millones, el 35% de toda su cartera. El programa acumula ya 15.800 millones desembolsados de un total de 20 mil millones.
Mientras tanto, en la vereda de la calle Mitre, un comerciante de Nueve de Julio mira la calle semivacía y se pregunta lo mismo que se preguntan millones de argentinos: ¿cuándo llega el derrame? Porque el PBI crece, la inflación baja, las reservas se acumulan, pero los clientes no aparecen. Y al final del día, la verdad de la economía no está en los gráficos de un PowerPoint en Washington ni en un tuit del Presidente. Está en la caja registrado
Fuente: https://www.semanarioextra.com.ar/la-economia-de-los-dos-paises/