
La pelea que nadie pidió
Por Redacción Extra Digital Mientras usted hacía la fila en el banco, pagaba la bolet...
Por Redacción Extra Digital
Mientras usted hacía la fila en el banco, pagaba la boleta de la Cooperativa o calculaba si con el aguinaldo tapaba el agujero de abril, el peronismo decidió que lo urgente era otra cosa: saber quién manda. No quién gobierna, atención — eso ya lo resolvió Milei a su manera, que es la manera del hacha—, sino quién conduce la oposición que algún día, si Dios y las PASO quieren, debería ofrecer una alternativa. La pregunta que se hacen entre ellos no es la que se hace usted. Y esa distancia, que ya era grieta, ahora es abismo.
Lo que ocurrió en la última semana no tiene precedentes en la historia reciente del movimiento. No por la virulencia, que es moneda corriente en un partido que nació peleándose y nunca dejó de hacerlo, sino por lo que se puso sobre la mesa: la posibilidad concreta de ir a las elecciones de 2027 con dos listas separadas. Dos listas peronistas. En la general. Frente a Milei.
Guillermo Moreno lo dijo sin anestesia: si Kicillof no declina, habrá «dos listas». Una del «peronismo» — así, sin adjetivos, como si el copyright le perteneciera— y otra del «progresismo socialdemócrata» del gobernador. El argumento tiene una lógica que conviene no descartar por antipática: para ese sector, peor que dividirse es unirse detrás de un programa equivocado, ganar, y fracasar en el gobierno, regalándole a Milei — o a lo que venga después— otros cuatro años. Es discutible, pero no es un capricho.
Del otro lado, Kicillof reunió a los suyos en La Plata y respondió con una definición que es a la vez solidaria y fundacional: «en el próximo gobierno popular no puede haber presos políticos«. La frase marca distancia sin romper. Pero marca distancia. Y cuando dijo que la interna «no responde a las necesidades de lo que le pasa a la gente«, estaba hablando de Moreno, de Berni, de todo el sector que prefiere la pelea al programa. La diferencia entre ambas posiciones no es solo de nombres, es de diagnóstico. Unos creen que el problema es de conducción. Otros, de ideas. Probablemente tengan razón los dos.
Ahora bien, la pregunta que nadie formula es la más fatigosa: ¿qué le ofrece cualquiera de los dos al trabajador que perdió poder adquisitivo todos los meses desde diciembre de 2023? El salario mínimo real cayó un 38% desde que asumió Milei. Los salarios públicos perdieron un 17%. Se destruyeron 300.000 puestos de empleo formal. El mínimo está por debajo de los niveles de 2001. Esos números son el motivo por el que usted calcula si llega al veinte del mes. Y sin embargo, lo que se discute en el peronismo es quién encabeza la lista, quién maneja el PJ bonaerense, quién negocia con los intendentes. Se discute poder. No se discute el plan.
No hace falta ir a Parque Lezama para ver la fractura. Alcanza con sentarse en la barra del Concejo Deliberante de Nueve de Julio. En marzo, el bloque justicialista — cinco concejales que habían entrado juntos, por la misma lista— se partió en dos. Por un lado, Fuerza Patria: Grizutti, Naudín y Bianchi, alineados con el kicillofismo y el Frente Renovador. Por el otro, Unión por la Patria: Defunchio y Crespo, referenciadas en el kirchnerismo y la conducción del PJ distrital. La ruptura se produjo por algo tan prosaico como la presidencia del bloque — quién manda, otra vez— y desde entonces no volvieron a sentarse juntos.
El jueves pasado, la fractura se exhibió en vivo y en directo. Cuando LLA propuso revocar la designación de la representante del HCD ante la Cooperativa Mariano Moreno, Defunchio y Crespo votaron con los libertarios. Contra su propia ex compañera de bloque. Contra Fuerza Patria. Contra la representante que salió de su propio espacio político. Mientras tanto, Naudín — presidente del Concejo, Frente Renovador, ya perfilado como posible candidato a intendente para 2027— votó por mantenerla. No es una anécdota de pueblo: es la réplica sísmica local de la misma falla que recorre al peronismo de punta a punta. Cuando la Cámpora vota con Milei antes que con el massismo, algo se rompió que no se arregla con un comunicado de unidad.
Alguien dirá que el peronismo siempre se peleó y siempre volvió. Cierto. Pero cada vez que se dividió de verdad, perdió. En el 83, cuando no supo leer la democracia. En 2015, cuando no logró construir una transición creíble. En 2023, cuando Alberto fue el fracaso que todos sabían que iba a ser y nadie frenó. La diferencia es que esta vez, enfrente, no hay un Alfonsín que reconstruya instituciones ni un Macri que simule moderación. Enfrente hay un proyecto que — en palabras del propio Kicillof— es «el más antipopular que haya ganado con el voto en la historia argentina». Dividirse frente a eso no sería una derrota más.
Abal Medina sostiene que habrá PASO y que la dirigencia será consciente de que ir separados es un error terminal. Moreno replica que es peor llegar juntos y gobernar mal. Los dos tienen un punto. Y ninguno tiene programa. Esa es la esquina del ring donde el peronismo está sentado, con el ojo hinchado, escuchando los consejos cruzados de dos corners que le gritan cosas distintas, mientras el referí cuenta y el público — usted, el de la fila— ya dejó de mirar.
Porque hay un límite que ni la mística ni el aparato pueden cruzar, y es el de la irrelevancia. Si la energía se gasta en decidir quién se sienta en la cabecera mientras la mesa está vacía, lo que venga después no será el peronismo. Será otra cosa, con otro nombre, y probablemente con otra gente. Y usted, mientras tanto, sigue haciendo la fila.
Fuente: https://www.semanarioextra.com.ar/la-pelea-que-nadie-pidio/