
Una economía en forma de K
El riesgo país perforó los 500 puntos la misma semana en que la industria denunció ...
El riesgo país perforó los 500 puntos la misma semana en que la industria denunció noventa mil empleos perdidos. Los dos datos son ciertos y describen países distintos.
Por Javier Pappalardo
El miércoles pasado ocurrieron dos cosas en la Argentina. En Wall Street, el riesgo país perforó los quinientos puntos básicos y quedó en 496, el nivel más bajo desde mediados de agosto, con una baja acumulada de setenta y tres puntos en lo que va del año. En Los Polvorines, en la planta de un laboratorio, la Unión Industrial Argentina celebraba el Día de la Industria denunciando que la producción está diez por ciento por debajo de los niveles de 2022, con ramas que caen hasta treinta por ciento, y que desde agosto de 2023 se perdieron noventa mil empleos registrados en el sector. Los dos datos son verificables. El problema para quien intenta explicar la economía argentina de este año es que ninguno de los dos alcanza para describirla.
El Banco Provincia le puso nombre hace unas semanas y el nombre quedó dando vueltas. La economía argentina tiene forma de K. Del tronco central salen dos ramas que apuntan en direcciones opuestas. Con datos a mayo, el sector agropecuario y la producción minera y petrolera operaban treinta por ciento por encima de 2022, mientras la industria y la construcción quedaban trece por ciento por debajo. La ironía de que sea esa la letra elegida para retratar a una gestión libertaria seguramente no se le escapó a nadie en el Banco Provincia, pero la figura es exacta.El número que mejor lo prueba lo aportó la consultora Equilibra. En los primeros siete meses del año, el agro, la minería, la energía y la pesca acumulan una suba de 11,7 por ciento. Los sectores no primarios, en el mismo período, acumulan cero coma cero. No cayeron. Tampoco crecieron. Se quedaron quietos mientras la otra mitad del tablero corría.
Los números de la semana
Riesgo país: 496 puntos al miércoles, mínimo desde el 17 de agosto. Dólar oficial: $1.535 para la venta en el Banco Nación; el mayorista por encima de $1.510. Inflación de julio: 2,1% mensual, 19,3% acumulado en el año, 33,8% interanual. El dato de agosto se conoce el jueves 10. Actividad: el EMAE rebotó 0,8% en junio, pero el segundo trimestre cerró 0,9% por debajo del primero. Salario mínimo: $383.800 desde septiembre. Cerraría el año con una suba interanual de 21,4% frente a una inflación proyectada cercana al 30%.El Gobierno tiene argumentos sólidos para mostrar y los muestra. La inflación viaja en torno al dos por ciento mensual, un terreno que hace dos años parecía inalcanzable. El Banco Central acumuló reservas durante meses. Las calificadoras mejoraron la nota de la deuda. El financiamiento externo volvió a estar disponible y el secretario del Tesoro norteamericano acaba de decir que la Argentina encabeza una oportunidad histórica en el hemisferio. Nada de eso es humo. Un país que se financia al cinco por ciento de sobretasa es un país distinto del que se financiaba al doce.
Lo que la industria vino a decir el martes es otra cosa, y conviene escucharlo en sus propios términos antes de calificarlo. Rappallini planteó que cuando se abre la economía no se pone a competir con el mundo al cien por ciento del aparato productivo, sino principalmente al veinticinco por ciento que produce bienes transables. Esa porción queda expuesta a precios internacionales mientras sigue pagando costos argentinos. De ahí el pedido de un puente, que en el vocabulario de la entidad significa una transición administrada que no rompa el equilibrio fiscal. El Gobierno mandó a un secretario de segunda línea, y esa silla vacía dijo tanto como el discurso.
La tercera pata del asunto es la que menos titulares ocupa y la que más se siente en el mostrador. El Consejo del Salario no llegó a acuerdo en la sesión del 28 de agosto y el Ejecutivo fijó por resolución los aumentos hasta abril de 2027. El piso legal pasa a $383.800 en septiembre. Con ese cronograma, el salario mínimo cerraría 2026 con una mejora nominal de veintiuno coma cuatro por ciento frente a una inflación que las consultoras ubican cerca del treinta. La cuenta da lo que da. El ingreso mínimo pierde otra vez contra los precios, y el consumo interno, que es el cliente de la rama que no crece, se entera antes que las estadísticas.
Para nuestra región conviene no leer esto como una discusión ajena, porque nos toca de las dos maneras al mismo tiempo. Nueve de Julio vive de la rama que sube. La cosecha, la molienda y la logística agroindustrial explican buena parte de por qué el país todavía muestra crecimiento acumulado. Pero el comercio de la avenida vive de la otra rama. Vive de salarios, de changas, de jubilaciones y de la industria mediana que emplea en los pueblos. Un distrito agrícola puede tener un buen año de campo y una mala temporada de ventas sin que haya contradicción alguna, porque son dos economías que ocupan la misma vereda.
El debate que viene, y que va a ordenar la discusión pública del año próximo, no es si la estabilización sirvió. Sirvió, y los números de deuda lo confirman. El debate es cuánto tiempo puede sostenerse un esquema donde una mitad del aparato productivo financia la desinflación de la otra mitad, y quién paga el costo de ese financiamiento mientras dura. La UIA lo llamó puente. El Gobierno todavía no lo llamó de ninguna manera. Una K tiene dos ramas, y las dos salen del mismo tronco. La pregunta que nadie contestó esta semana es hasta cuándo el tronco aguanta abierto.
Fuente: https://www.semanarioextra.com.ar/una-economia-en-forma-de-k/